Un simpático relato sobre el polémico ex-vocero y el astro futbolístico argento.
Era sabido. Trump podía vetar el arbitraje inconveniente a su maligno equipo de fútbol-soccer pausado para la hidratación y la publicidad de apuestas virtuales bet-a-ñaju. La FIFA se fifaba a quienes intentaban contradecirla. Todo era una criptoestafa. Las reventas de entradas corrían a cargo de Palantir y el ICE. (Palantir ya no vende sólo software: vende una teoría tecnofascista de gobernanza global). La bandera argentina dejaría de tener el sol incáico para tener una estrella de David. Terribles matufias ya no se urdían en las sombras, se digitaban a la luz del día como si nada, toda la gente estaba en un cumpleaños. Terminado el mundial, cada quien retornaría a su situación, sea la que fuese. Vano sueño de triunfo impropio. Toda la gente que decía “ganamos” no ganó ni en el puto prode. Hay gente que no ganó nunca. A nada.
En cambio, a algunos, como al vil Manuel Adorni, todo se le dió de golpe. El mundial le vino como anillo al dedo para profugarse. Las acaudaladas jubiladas. Todo.
Ya sin cargos pero con custodia, Adorni abandonó a su holística mujer couch-ontológica (no sin antes dejarle la parrilla y la cascada y el pendrive) y se cambió de sexo y se puso una peluca al estilo de Celia Cruz. Cruzó el charco charrúa y luego se propulsó a la estratósfera con una nave menemista powered by Tesla, con software.exe de Softonic bajado desde el Ares.
Desde entonces ya era un virtuoso de las criptomonedas.
Allí lo vió Lío, en la isla que antes fue de Jeffrey Epstein pero ahora era de Trump y Netañaju. Lío le quiso hacer el amor contranatura a esa persona toda desastrada. Le quiso hacer la gran Puff Daddy-Diddy Combs a Chastin Biver. Las promesas de enriquecimiento ilícito libertario lo habían puesto en el ojo de la tormenta al vil vocero otario. Y ahora, el rosarino GOAT le estaba arrimando el bochín en el opertuzo. Nadie le podía decir “Pará, Messi, no me puertiés el upite”.
“Andá pa’lla, bobo”, dijo el astro del balón-pié señalando un colchón hediondo donde sabe quien cuantos litros de fluidos futboleros se habían derramado de anos botineros.
Adorni no podía decir que no, su cuerpo se movía solo. Nunca le habían profanado su rosquete de vocero. Siempre había podido postergarlo, pero ahora era hora.
En eso aparece el Dibu Martínez. Emulando a Larguirucho, exclama “¡Ju ju ja, ju ja jú!” y se baja los lómpas. No tenía un pene venoso cualquiera: portaba en la entrepierna la fina escultura árabe de una mano dorada. Se la había mandado a fusionar alquímicamente con el orfebre Pallarols. Y con esa pieza, le dió a Adorni en la cabeza. En la vil sabiola del falaz evasor un golpe que no pudo evadir y que le hizo repimpolotear sus pendrives. Ya devanecido el arrogante ex-vocero, fue empomado por el rosarino más famoso. Para más placer, Lionel Messi frotó alrededor del ladrón ano del ex-jefe de gabinete un emplasto de polenta-cheddar y ungüento erecticio Gimonte.
Adorni despertó para rugir como una marrana, pero ya no podía escapar del implacable 10. Quiso pensar en otra cosa, en alguna cosa libertaria. ¿Cuántas fábricas estarían cerrando ahora mismo allá? ¿Cuántas tierras estaría Milei regalando al gringo traidor, al sionista nefasto?
Messi le orinó encima y luego le empezó a saltar sobre la espalda y la cabeza a Adorni, como si fuese Adorni una estatua de Gaturro lista para vandalizar. El Dibu también lo re-cagó a golpes de su pélvica tercer mano de hierro dorado. Y así, divirtiéndose, los astros del balón-pié hicieron morir al malogrado ex-secuaz del ponziduende vendepatria. Pero sólo en este modesto cuento.
Ahora retornemos a la realidad, al día a día. Retornemos como retornamos cada vez que la selección gana o pierde. Siempre comenzará otro partido, siempre se podrá volver a perder unos pesos apostando por estos muchachitos de rosados botines, con remeras llenas de publicidad.
FIN.
