Hoy… hoy fue increíble, estuvimos horas caminando por la ciudad, comimos demasiadas cosas, hicimos cosas que nunca hacemos, y ahora mismo, junto a ELLA, camino a la orilla de un lago.
La luna casi postrándose en el horizonte, lista para salir a escena, el ruido de las olas hace que este nuevo ambiente sea aún más relajante… no te he dicho, pero quién es ELLA… ELLA es la persona a quien llevo conociendo hace más de 5 años, y llevamos 1 año viviendo juntos como si fuéramos una pareja, aunque no hay nada oficial, hay momentos en que quizá suceden cosas.
Sobre ese tema de relación estamos en una especie de duelo: ella espera con ansias a que yo me declare, y yo sin la fuerza para hacer… eso. Para mi mala suerte, presiento y es lo más probable que esa ilusión que ella tiene crece día tras día, y semana tras semana.
¿Por eso llevo esa cosa redonda?
A este paso, ¿quién esperaría una declaración de noviazgo?
Al pasar los minutos descansamos en una banca en la misma orilla del lago, ella me miró y yo no la miré, sabía a dónde quería ir con esta situación.
De reojo la miro y veo que ella aún mantiene la mirada hacia mí, sus ojeras, y ese ojo izquierdo que rara vez veo palpitar… al mirarla directamente, ella, igual de hermosa como siempre, empieza a hablar.
Empezó con lo obvio: si vivíamos juntos, comíamos juntos y hacíamos todo juntos, por qué, por qué…
—¿Por qué aún no me has pedido ser tu novia? ¿Acaso no me amas? —dijo, con un tono calmado; no era un regaño, era más una pregunta común.
Rápidamente mi mirada se aleja de la suya.
¿Qué es este frío en la espalda?
Un pequeño sonido sobresale en el silencio, sus ojos algo rojos, de alguien que lloró hace poco o de alguien que está a punto de llorar.
No entiendo, no entiendo.
—Mi hermana se casó hace poco, no sabes cuánta ilusión me hace tener un vestido como el suyo, una iglesia, las personas que quieres a tu alrededor; desde pequeña he soñado con ansias ese momento —algo desentonada afirma.
Como si de princesa a cuál príncipe al rescate lo pensé, un príncipe que la salvara de ese castillo y el dragón.
Quiero hablar.
La miro aún en silencio, sus hombros cabizbajos, ese gran suspiro que recorrió todo su cuerpo.
—Eres egoísta.
Satisfacción y solo un paso más en mi camino, una más en la lista, que no la veo como una mujer; cada cosa que ella pensaba de esta situación la decía y enumeraba: 10 motivos por los cuales yo no la valoraba y yo 0 para contradecirla.
Esto es malo, ella está llorando junto a mí, la misma que veía reír, enojarse, amándome; hacía todo menos llorar, y en este momento lo está haciendo.
—Estoy cansada de esto, de este juego y de esta farsa —dice ella con sus manos cubriendo su rostro.
Ella había iniciado el juicio y concluido la sentencia mientras que yo en silencio la veía.
La estoy viendo tan lejana como esa pareja de pájaros que sobrevuelan sobre nosotros, como ese barco que se ve en el horizonte.
¿Por qué la sientes tan lejos?
Mi cara temblaba, sentía el mismo nudo en la garganta como esa primera vez, no estaba diciendo nada… creo yo que eso dice demasiado, ¿no crees?
Inicié con el inicio, el cómo la conocí, el cómo la vi por primera vez en mi vida.
¿Amor a primera vista? Quizá.
…
Hace 5 años, rumbo a mi trabajo, con la cabeza en las nubes, solamente daba un paso tras otro: uno, dos; uno, dos. Fue como una estrella fugaz, choqué con ella y se abrió su mochila dejando caer todas sus cosas; en ese momento no esperaba nada, era mi acto de bondad.
Terminé de ayudarla y levanté la mirada, fue como ese momento, no sabría cómo explicártelo, pero fue… fue algo y algo increíble.
Sin más, ella se levanta y se va, así como llegó se fue, como una estrella fugaz.
Me resigné: okey, fue un momento, es hora de seguir, y continué caminando sin mirar atrás, mientras ella desaparecía entre la multitud.
Trabajar, comer, llegar a casa, dormir, repetir.
Trabajar, comer, llegar a casa, dormir, repetir.
Trabajar, comer, llegar a casa, dormir, repetir.
Pero en el momento antes de repetir, ella aparecía, la veía más de cerca, tocaba su rostro que por algún motivo sentía falso. Día con día, semana tras semana, sin verla…
¿Un martirio, supongo?
Quería verla otra vez, quería saber más de ella, más de ella: qué hacía, cómo se escuchaba su voz, qué le gustaba… quiero saberlo todo.
Y sin previo aviso, un número más en el calendario, ella apareció nuevamente. Con mi mirada cabizbaja caminando rumbo a mi trabajo, un sonido me despierta; al mirar hacia arriba ella estaba a unos centímetros de mí, esta vez pude evitar chocar con ella.
Al darme cuenta de que era ella, me detuve, volteé hacia atrás, pero ella ya no estaba, desapareció otra vez; aunque en sus ojos vi algo muy bonito: eran unos ojos cansados y apagados, una sonrisa en mí sobresale.
Con eso era suficiente.
Yo estaba satisfecho, ¿para qué aferrarme a algo inalcanzable? Solamente con resignación volteo a ver nuevamente.
Y.… ahí estaba ella, detenida entre todas las personas, estaba…
Mirándome.
Y también la miraba; con una simple señal, mis piernas caminan hacia ella, cada vez con más fuerza, hasta alcanzar su mano y fue como un choque de mundos, ella estaba flotando… bueno, no fue así, pero yo quiero recordarlo así.
Podría decirse que ella fue mi todo cuando yo no era nada, desde que la conocí jamás entendí por qué la amaba.
Su sonrisa, sus ojos, su pelo, nunca supe la respuesta y ojalá nunca la descubra, porque mientras no la encuentre, seguiré preguntándome por qué la amo tanto; amaba despertar a su lado, comer con ella, dormir junto a ella o simplemente estar con ella.
Creía que era evidente mi amor, pero estar frente a ella era otra cosa, aunque pensara muchas cosas, esa simple pregunta me mataba:
—¿Me amas?
—Claro que te amo.
¿Miedo entonces?
¿Por qué dices eso?
…
Jajajajajaja
Yo la amo, yo la amo, yo quiero casarme con ella, yo quiero estar con ella, quiero pasar toda mi vida a su lado, esa era mi vida PERFECTA.
¿Y? Pues ¿por qué nunca se lo dijiste? Ya tienes esa cosa redonda, ya lo pensaste mil veces, ¿entonces?
Sí, sí, sí, sí, tengo miedo, miedo a que esto termine, miedo a amarla tanto y descubrir que el «para siempre» no existe, tengo miedo, miedo a despertar y ya no tenerla a mi lado, a comer sin ella, a vivir sin ella, a existir sin ella.
TENGO MIEDO
«Yo solo ya no sabía quién era», eso lo tenía claro; ella era mi todo, era tan grande en mi vida que imaginarme sin ella me destruía, tanto que me convencí de algo absurdo.
Si nunca hacía una promesa, esa historia sin fin existiría; mientras no hubiera una fecha, un compromiso, podríamos permanecer juntos en la eternidad, así como los Simpson.
No es que no quisiera casarme, no es que no te amara, simplemente me convencí de que una promesa era una fecha de caducidad, creía que el «felices para siempre» era solo posible mientras no dijéramos nada.
Pero…
Está más que claro teniéndote frente a mí, comprendí que el error era mío; quizá para ti una promesa no significa el final sino el comienzo; entre tantas y tantas dudas, pensar en verte todos los días por el resto de mi vida hacía que esas dudas tan absurdas desaparecieran.
Después de confesar todo aquello, me rompí; yo también estaba tan ciego que no podía ver el amor que tú tenías hacia mí, solo que…
Yo solo no puedo hacerme valer, no soy nadie yo solo; sabía que al escuchar cosas de este tipo cualquiera se alejaría. ¿Quién quiere estar con alguien como yo? Tú eres perfecta, tanto que hermosa se queda corto; sabía que merecías algo mejor y simplemente pensé en hacerme a un lado. ¿Quién quiere estar con un hombre lleno de dudas, de conflicto, de problemas?
Soledad.
Pasaron los segundos. Segundos tan largos que creí que, si volteaba a verte, ya no estarías a mi lado.
La miré fijamente entre el brillo de sus lágrimas. La noche seguía oscura, la brisa helada rozaba mi cuello con la misma intensidad y el crujido de la banca de madera bajo nosotros permanecía inmóvil. El mundo entero estaba congelado a nuestro alrededor, pero…
Parpadeé una vez. El rastro de sus lágrimas desapareció de golpe: ahora sonreía de lado, esa sonrisa pícara y descarada que ponía cuando lograba hacerme reír en un mal día.
Volví a parpadear. Su rostro cambió a una mueca de enfado infantil; tenía los brazos cruzados sobre el pecho y ese ceño fruncido por alguna discusión absurda sobre qué cenar.
Otro parpadeo rápido. Ahora estaba adormilada, con los ojos entreabiertos y el cabello revuelto, buscando a ciegas refugio en mi pecho como cada mañana al despertar.
Parpadeé de nuevo. Apareció riendo a carcajadas, con los ojos vueltos dos rendijitas llenas de luz, echando la cabeza hacia atrás en un estallido de alegría pura que llenaba el aire.
Un parpadeo más y la vi seria, observándome en absoluto silencio con una mirada llena de una ternura tan profunda que hacía que me faltara el aire…
Hasta que volví a parpadear.
Y durante uno… dos segundos enteros…
Ella no estuvo ahí.
No había nadie a mi lado, sentía cómo la brisa chocaba con mi cuerpo desde esa dirección; no había risas, nadie enojada, nadie lloraba.
¿Estabas solo?
Experimenté el pánico más puro, violento y asfixiante que jamás había sentido en mi vida: el de una existencia donde ella ya no estaba.
Con el corazón desbocado y la garganta apretada por el pavor, parpadeé con desesperación.
Y ella volvió a estar ahí.
La vi real, frágil, con los hombros temblando en el presente.
Era obvio, ¿verdad?
Necesitaba yo hacer algo al respecto, pero solo sabía que…
Sentí su cabeza apoyarse en mi hombro, su calor, su presencia junto a mí, su todo ante mi nada.
—Solo necesitas decirlo y yo estaré contigo toda la eternidad.
En ese momento todos nuestros momentos juntos pasaron por mi mente; creí que había muerto. Las risas, los abrazos, los silencios, los momentos simples, todo pasó por mi mente.
Y comprendí algo: estaba tan preocupado por el futuro que olvidé vivir en el presente; quería estar contigo mañana, en cuatro semanas, en unos meses y en diez años, pero había olvidado estar contigo hoy, había olvidado abrazarte hoy, olvidé decirte lo mucho que… te amo.
Tanto tiempo dejando escapar el hoy para perseguir el mañana.
Jajajajaja
Quizá el error fue mío por tener tanto miedo, quizá el tuyo por esperar tanto tiempo, pero por poco, mi miedo nos separa para siempre.
Entonces la abracé con tanta fuerza para que no se me fuera de los brazos.
¿Qué era esa cosa redonda en tu bolsillo?
Con mi mano derecha agarré el anillo que llevaba meses en ese bolsillo.
Ah, okey.
Con mi mano izquierda agarré su mano, me arrodillé en el suelo.
Y le dije:
—Te amo tanto que jamás te lo dije.
—Te amo tanto que sin ti no existiría.
—Te amo.
—Te amo.
—Y te amo.
No entiendo por qué tardé tanto en decirte esto. Pero…
—¿Quieres casarte conmigo?


