La Cresta de Viento
Al otro lado de la puerta, el pasillo se extendía en penumbra. Riley y Brett avanzaron con cautela, iluminando el camino con sus linternas mientras notaban que el aire era aquí más fresco, menos viciado que en los corredores anteriores. Después de unos metros llegaron a un pequeño espacio más amplio donde, sobre un banco de piedra adosado a la pared, vieron algo que les hizo detenerse: varias plantas dispuestas en pequeñas macetas de cerámica agrietada.
Riley se acercó rápidamente con el corazón acelerado. Había dos tipos de plantas que aún no habían encontrado: seis de hojas alargadas y tallos flexibles de color verde brillante, y dos con tallos más delgados y hojas pequeñas de un color rojo intenso, casi carmesí. Recordó de inmediato las anotaciones del libro de botánica sobre las propiedades de la hierba verde y el poder potenciador de la roja.
—Brett —dijo con voz tensa—. Las hierbas rojas.
—¿Las que potencian el efecto? —preguntó Brett, acercándose a observar.
—Si mezclamos dos rojas con dos verdes, el efecto de curación se triplica.
Trabajó rápidamente, con manos expertas a pesar del temblor que comenzaba a manifestarse en sus dedos. Los síntomas estaban empeorando. Arrancó todas las hojas de las dos plantas rojas, tomó dos de las verdes y las mezcló con cuidado, triturándolas entre sus dedos hasta crear una pasta irregular de olor intenso y amargo. Dividió la mezcla en dos porciones iguales.
—Una para ti, una para mí —dijo, pasándole una a Brett—. En caso de emergencia, si resultas herido… o infectado.
Brett tomó la mezcla con expresión sombría y la guardó en su chaleco. Riley hizo lo mismo con la suya antes de cosechar las cuatro plantas verdes restantes y repartirlas a partes iguales. Tener la mezcla potenciada en el bolsillo no era una vacuna, pero le daba una oportunidad real de mantenerse con vida un poco más.
Entonces Brett señaló la base del banco de piedra. Parcialmente oculta bajo las macetas vacías había una llave grande de hierro negro, con un diseño ornamentado que mostraba una armadura estilizada.
—Llave de la Armadura —murmuró Riley, girándola bajo la luz de su linterna antes de guardarla junto a la pequeña de bronce y la Llave Espada.
—Tres llaves —comentó Brett—. Y docenas de puertas cerradas.
—Paso a paso.
Regresaron hacia la habitación subterránea desandando los pasillos estrechos y cruzando entre los cuerpos inmóviles de los Renacidos. Al abrir la puerta con cautela descubrieron que estaba vacía: la cama deshecha, la vela consumida y la lata de gas pimienta seguían allí, pero Reagan se había ido, probablemente buscando una salida hacia la superficie. Sin perder tiempo, regresaron al pasillo en L y tomaron la bifurcación no explorada.
El nuevo tramo comenzaba de forma extremadamente estrecha, apenas lo suficiente para que una persona pasara de lado. Riley avanzó primero, pegando la espalda a la piedra húmeda mientras el techo bajo acentuaba la claustrofobia, pero tras tres metros el corredor se ensanchó abruptamente hacia una intersección en T.
—Tres opciones —murmuró Brett, saliendo del tramo estrecho detras de ella.
Riley señaló el pasillo de la izquierda y avanzaron hasta empujar la puerta del fondo. Detrás se abría un corredor completamente diferente a lo visto antes: un túnel de servicio estrecho, con paredes cubiertas por un revestimiento verdoso y amarillento manchado de moho. Una tubería oxidada recorría el techo sosteniendo lámparas simples que proyectaban una luz débil y amarillenta sobre el suelo. El aire olía a humedad rancia y a algo orgánico pudriéndose.
Al fondo del corredor opresivo, la luz de sus linternas alcanzó un busto de piedra gris oscura que representaba la cabeza de un tigre. Las fauces entreabiertas mostraban dientes afilados, las orejas estaban pegadas hacia atrás en postura agresiva y las cuencas de los ojos eran dos agujeros circulares y profundos.
Riley se acercó con cautela y pasó los dedos sobre la piedra fría. Al notar el tamaño exacto de las cavidades, sacó de su chaleco la Joya Azul recuperada de la estatua del segundo piso y la encajó en el ojo izquierdo.
De inmediato, la gema se iluminó con un resplandor azul intenso que se propagó por finas venas esculpidas en la piedra. Con un clic mecánico, la mandíbula del tigre se abrió lentamente, revelando una placa hexagonal de metal envejecido. En el centro exhibía un relieve inquietante que combinaba una forma en espiral con volúmenes carnosos que recordaban a tejido vivo. Al girarla, leyó el grabado posterior: CRESTA DE VIENTO.
—¿Un emblema? ¿Una llave? —preguntó Brett.
—Algo relacionado con biología, mutación y la Fórmula Thanatos —respondió Riley, guardando la placa junto al libro de botánica.
Al mirar de nuevo la escultura, observó que mientras el ojo izquierdo brillaba con luz azul, la cuenca derecha permanecía vacía y a oscuras. Necesitaban encontrar la pieza faltante para desentrañar por completo el mecanismo.
Salieron del túnel dejando atrás el busto del tigre. Con la Cresta de Viento en el chaleco y nuevas preguntas sobre la mesa, continuaron avanzando por la Mansión Ashcroft, sabiendo que cada respuesta conseguida exigía un precio en sangre, sudor y peligro constante.


