Olía a tierra húmeda. Martín notó el frío aliento de la montaña sobre su cuerpo, a través de la ropa húmeda y de sus huesos entumecidos. Abrió los ojos y lo único que pudo ver entre las sombras fue un farol sobre la hierba. Al levantarse, solo pudo distinguir vagas siluetas de árboles entre la niebla y un camino empedrado que ascendía montaña arriba. Un escalofrío recorrió su cuerpo e instintivamente buscó su mochila con las botellitas de láudano. No estaba. Su pecho palpitó con fuerza y ese retumbar subió a su cabeza, empañando su vista. Estaba solo. El miedo se convirtió en rabia y, con un grito, pateó una piedra, que salió disparada entre la niebla. La escuchó golpear la tierra dos veces, después tres y cuatro. Eran pasos. Botas.
Martín vio emerger a su padre de la bruma, levantó una mano y, tras un parpadeo del farol, desapareció. La luz parpadeó de nuevo y giró, retorciendo las sombras a su alrededor. Entonces Martín notó que su brillo era azul y que no provenía de una llama, sino de un puñado de luciérnagas que revoloteaban atrapadas en el cristal. Lo recogió y, con un suspiro, comenzó su ascenso por la montaña.
El sendero serpenteaba entre rocas y árboles. Martín había perdido la noción del tiempo. Ya no sabía si llevaba horas o minutos caminando. La temperatura bajó y de entre los árboles llegó un ruido que llevaba meses ahogando con láudano: la tos de Pilar. Primero se confundía con sus pisadas. Pero ahora cada doloroso estertor lo hacía girarse y escudriñar entre la maleza.
En sus consultas, el doctor Aguirre le había dicho que todo estaba en su cabeza. Que se sentía culpable por el tiempo perdido en discusiones sin importancia. Por su muerte al no poder pagar un buen doctor. Otra lastimera tos llegó desde atrás. Aceleró el paso, tratando de ignorar el temblor que se extendía por su cuerpo. El crucifijo golpeaba su pecho al caminar; se sentía frío. Pilar nunca había sido creyente, pero aun así lo llevó puesto durante años, a cambio de no ir a misa todos los domingos. Tal vez eso no había sido suficiente para salvar su alma. Tal vez sí era ella, condenada a vagar por la tierra sin poder entrar al cielo. Otra tos llegó desde su izquierda. Martín recordó la última vez que la vio.
Había llegado tarde del taller. La encontró ya dormida, su pecho subía y bajaba con un raro gorgoteo. Parecía que la cobija la estaba aplastando. El crucifijo colgaba en la cabecera de la cama. José bostezó tras él de forma exagerada. Estaba en el sillón, con un libro sobre las piernas.
—Preguntó por ti varias veces—dijo.
—Bueno. La curandera no trabaja de gratis. Mejor viva y resentida que muerta. ¿Hablaste con el cura?
—¿De verdad la obligarás a confesarse?
El graznido de un cuervo lo devolvió al camino. Entre la neblina, una figura alta se materializó con los brazos abiertos. Era una cruz de piedra. Estaba vestida de líquenes, cera derretida y viejos rosarios que tintineaban contra el granito. En su base había un cuenco de cobre sostenido por ramas de piedra, oxidado y lleno de agua estancada. “Agua para el camino. Candela para el frío”, rezaba una inscripción. Más allá, el camino se dividía. Estaba en una encrucijada. Martín dejó el farol en el suelo y se sentó, apoyando la espalda contra la piedra. Las sombras eran ahora todavía más espesas y sintió una punzada de miedo. De pronto, todo era más sólido, real, como aquella cruz. Alzó el crucifijo. La plata brillaba como una estrella a la luz de las luciérnagas.
—Dios mío, ¿qué debo hacer? —susurró.
Se quedó quieto, sin saber qué estaba esperando. Un agradable silencio se extendió por el camino y las toses se fueron alejando poco a poco. Después de un rato Martín se levantó y, al recoger el farol, una sonrisa se dibujó en su rostro. Las luciérnagas estaban apelotonadas en la parte izquierda del farol. Se dio la vuelta hacia el oeste y ellas se movieron al frente, apuntando hacia la misma dirección. Sin perder más tiempo, avanzó con paso firme, siguiendo el camino indicado. Estaba cerca.
El bosque se espesaba. Las sombras también. Martín agitó un poco el farol. Las luciérnagas se dispersaron y enseguida volvieron a juntarse, señalando hacia al frente. El bosque se tragaba el sendero, obligándolo a caminar a ciegas. Un lastimero gemido erizó los vellos de su nuca. Se dio la vuelta con el farol en alto. Algo blanco ondeaba entre los arbustos. Un vestido. Martín palideció. Un llanto lento y desgarrador sacudió la noche.
—Madre…
—Hijo… no te vayas…
La voz era débil, lejana. Las luciérnagas se agitaban en el farol y el cristal repicaba con sus alas.
—Lo siento, madre—dijo Martín, pero ya no había nada.
El llanto se desvaneció como un eco moribundo y las luciérnagas, ahora tranquilas, volvían a apuntar hacia el oeste.
Ya no había sendero, solo ramas y sombras. Las botas de Martín se hundían entre las hojas húmedas y garras de madera arañaban su piel. Empujó, pisoteó y arrancó las ramas que le impedían el paso. De repente pisó en vacío. El muro de vegetación cedió mientras rodaba colina abajo para de terminar de bruces en un charco de barro.
Un embriagador aroma floral llenó sus pulmones. Y oyó susurros, palabras. Un murmullo constante, hecho de viento subía y bajaba con la brisa, como si respirara a través de los árboles.
Martín levantó la cara del suelo. Frente a él había una flor blanca de cinco pétalos y pistilos rojos, y brillaba. Brillaba como una pequeña llama. Martín sonrió. Más allá, en el medio del claro, se alzaba un monasterio en ruinas que parecía flotar en un mar de estrellas. Miles de flores blancas resplandecían entre la hierba y se mecían con un ritmo propio, ignorando al viento. Luciérnagas azules danzaban entre lápidas rotas y ángeles de tristes rostros. Y allá arriba, las estrellas brillaban en un cielo sin luna, como una extensión del mismo jardín. Martín se puso de pie y alzó el farol; estaba vacío. Lo dejó caer y se adentró en el jardín. Ya no tenía miedo. Había llegado.
El murmullo se hizo más fuerte, y una ola de susurros lo envolvió con miles de voces diferentes, cada una proveniente de una flor. Y entonces, la escuchó, la voz de José. Sin pensarlo, Martín la siguió a través del mar de susurrantes estrellas. Con piernas temblorosas y el corazón en la garganta, Martín se acercó a una flor que brotaba sobre el hombro de un ángel.
—¿José? Hermano—susurró.
—Te estaba esperando —dijo la flor, su voz entremezclada con el viento que acariciaba sus pétalos.
—¡De verdad estoy hablando contigo! Por fin, estoy aquí, como querías.
—El peso de tus pecados no me deja ascender. Te he convocado a este lugar sagrado para aligerar tu carga.
Los ojos de Martín se nublaron.
—¿Cómo harás tal cosa?
—Eres mi hermano. Ven conmigo.
La voz de José saltó de una flor a otra, adentrándose en el jardín. Martín seguía el sonido entre mausoleos y lápidas, y las flores se giraban al verlo pasar. Por fin se detuvo ante una flor que brotaba de un tronco seco. Una mosca reposaba sobre ella.
—Llevas mucho tiempo cargando con esa cruz. Es hora de dejarla ir —dijo José.
Un coro de vocecitas se extendió por el jardín: “Déjala ir… Déjala ir”.
—¿Me obligarás a desprenderme de él? Es lo único que tengo de Pilar.
—Quítate el crucifijo, Martín. Lo arrancaste de mi cuello sin vida. Es mío.
El viento trajo otro coro de susurros: “Mío… mío”
—Sabes que fue un accidente —dijo Martín.
—¿En serio lo fue?
—Lo juro. Yo jamás…
—Demuéstralo—dijo la flor, mirándolo sin ojos—. Devuélveme el crucifijo.
Un escalofrío de ira recorrió los brazos de Martín al sacarse la cadena. La cruz giraba nerviosa entre destellos de plata. Por un momento, se sintió ligero, como un caballero al quitarse la armadura. Escuchó a José llamar desde otra flor, al pie de una colina. Hizo ademán de dejar el crucifijo sobre una lápida, pero no pudo, así que se lo guardó en el bolsillo y siguió la voz. Ahora con más cautela. El agradable olor a perfume tenía ahora tintes de carne podrida.
En el centro del jardín la tierra ya no era tan sólida, estaba revuelta y las lápidas brotaban como dientes torcidos entre las flores. Volvió la vista. Ya no había luciérnagas y las flores que había dejado atrás ya no brillaban. Una oscuridad densa y hostil se cerraba tras él. La flor de José se alzaba brillante sobre un cráneo roto. Martín se acercó, aferrando la cruz en su bolsillo. La flor se giró hacia él.
—Siento tu congoja, hermano. Acércate.
—Suenas como aquella mujer… Margarita.
José rio, y las demás flores lo acompañaron.
—Será el tiempo.
—Necesito que me digas cuáles fueron las últimas palabras de mi esposa.
—Eso ya no importa. Estás aquí para liberar tu alma.
—Y para eso, necesito saber. ¿Qué te dijo, José?
La flor guardó silencio. Los murmullos se agitaron.
—Dijo… que te amaba. Que te cuidaría desde lo alto hasta que te reunieras con ella.
—Tú… no eres José. —Martín sintió que sus piernas cedían bajo él.
—Soy yo, hermano. Ven. Déjame absorber tu culpa. Déjame ser agua para tu sed. Candela para tu frío.
Martín sacó el crucifijo, levantándolo en alto.
—¡Atrás! ¡Déjame ir!
Los susurros cesaron por un momento. Luego, las flores comenzaron a reír con malicia. La voz que habló ya no era la de José.
—Te dije que soltaras eso.
—¡Me has engañado! ¿Desde cuando estas en mi cabeza?
—¿De verdad crees que un asesino es merecedor de perdón?
—¡No soy un asesino! ¡Fue un accidente!
Las flores a su alrededor se apagaron lentamente mientras los susurros se hacían más fuertes, más nítidos. “Asesino”, decían entre risas. Martín cayó de rodillas, abrazando la cruz de plata, que ya no brillaba.
—Dios mio, ¡ayúdame!
—Dios no está aquí… Él te ha olvidado hace tiempo —susurró la flor.
Y entonces, un rugido hizo temblar el bosque. La colina estalló y una avalancha de fango sepultó a Martín. El rancio aroma de la muerte quemaba sus fosas nasales y su boca estaba llena de barro. Aunque putrefacta, la tierra estaba viva, ronroneaba como un colosal felino, y sintió cómo lo engullía. Muelas de piedra quebraban sus huesos, mientras afiladas raíces rasgaban su cuerpo en un torbellino de silenciosa agonía. Las flores bebieron de su sangre y la tierra devoró su carne, dejando solo sus huesos entre las blancas piedras.
Martín se estiró, surgiendo de la tibia oscuridad. Desplegó sus hojas y abrió sus pétalos al viento. El aire vibraba con el murmullo de miles de almas. La mayoría de ellas habían olvidado su nombre, pero podía sentir su esencia. Había personas de todo tipo. Centró su voluntad en cada flor, buscando a José, pero no lo encontró. No le importó. Ya no estaba solo.
Una ola de susurros barrió el jardín y él se dejó llevar, balanceándose de un lado a otro al ritmo que marcaban sus nuevas hermanas. No tardó en alzar su voz y, bajo la mirada de la luna, se sumó al himno de la noche. Sus raíces se entretejían con las del jardín, formando una sola voluntad con una legión de voces. Tampoco sentía pena, ni culpa, ni añoranza alguna. Solo sentía sed, y sabía que sus hermanas y la tierra misma también la sentían.
Volvió a dirigir su voluntad, esta vez hacia el centro mismo del jardín, hacia sus raíces. Entonces su percepción se expandió lejos, más allá de las montañas nubladas, y sintió el llamado del jardín pulsando a través del inmaterio. Y sin ojos, pudo ver su luz brillar como un cálido lucero. Vio filas de muertos peregrinar por solitarios caminos y vio a los vivos cuyos corazones torturados exigían castigo, soñar con pétalos blancos y con la promesa del dulce olvido.
La voluntad de Martín volvió a la montaña. En la posada de Campanario, Azucena dormía. Su cuerpo estaba frío y su rostro, cubierto de polvo, sonreía, pues bailaba en sueños con su padre en la plaza del pueblo y la música se acompasaba con el tañir de la campana. Más arriba, en el bosque profundo, Jacinto tejía coronas de flores blancas para su mujer y su niña. Su cuerpo yacía al lado del camino, cubierto de musgo y rocío. Y en San Lázaro del Silencio, Margarita rezaba en su capilla.
Así pasó el tiempo. Martín ya no recordaba qué hacía allí, entre luciérnagas y susurros. Tan solo se conformaba con dejarse arrullar por el viento y ver las estrellas desfilar. Una noche, un aroma que conocía bien acarició sus pistilos: el hedor de un corazón culpable. Lo escuchaba latir cada vez más cerca, y su odioso palpitar lo llenaba de sedienta rabia. La tierra bajo sus raíces se sacudió. Margarita salió a recoger luciérnagas para el farol. Jacinto despertó y se sacudió de mala gana la ropa húmeda. Y en Campanario, el fogón se encendió de nuevo en la posada, y Azucena esperó a su nuevo huésped.
Días después, un anciano demacrado y triste llegó por fin al claro con un farol de luciérnagas en la mano. El jardín escarbó en su corazón y encontró a una niñita inocente, devorada por las sombras.
Martín llamó al anciano con la vocecita de su hija.
—Papá, has venido —susurró con dulzura.
El anciano se giró con lágrimas en los ojos.
—¿Clara? —llamó, mientras se adentraba en el jardín.


