Una gigantesca opereta se trazó en el mundo para ocultar el idilio entre Netañaju y Manuel Adorni. Luego de que Lionel Messi le rompiera el upite, la columna vertebral y el cráneo, el sionista nigromante resucitó al malogrado vocero con tecnomacumba palantir y esterilizó a muchos judíos negros de África por la dictadura pigmentócrata. Messi se retiró y ya no pudo combatir, y la camiseta rosa le había quitado su testosterona y entonces…


Después de una verguiza monumental, con hectolitros de semen, Manuel Adorni vuelve a morir pisoteado como una gallina por un elefante de ébano, de obsidiana. Pero en Argentina ninguna lacra política muere. Apellidos como Menem o Macri vuelven a aparecer cíclicamente. Siempre que parece que uno de esos aciagos personajillos fenece, siempre se acercan los políticos al entierro para cerciorarse de que no vuelva a emerger el maligno y tramposo inhumado. Mucha diversión en el entierro de Finnegan.
Para restaurar sus fuerzas, Samuel L. Jackson retornó a Estados Unidos de Epstein para fornicar a sus esclavas blancas del placer, Mia Khalifa y Piper Perri. Pero no era Piper Perri, era Rosalía disfrazada de la sonriente blonda de fino talle. Pero eso no importa ahora. Samuel L. Jackson les preguntó lo que sí importa.
Y ellas, estúpidas y sensuales cipayas, con sensual devoción beboteante respondieron con inglés a lo que el moroco preguntó en castellano.
Y yacieron con él tras sorber hasta la última gota de su poderoso lácteo de hombre de voz grave y nigga. Una gran fuente de zinc para las muchachas.